martes, 19 de febrero de 2013

La Montaña Eterna

Este último domingo, algo agobiado por las tediosas tardes dominicales de invierno, me subí a la Drag y salí sin destino fijo, como tantas veces, aunque últimamente menos, es un lujo gastar gasolina sin una intención clara. Tardé veinte minutos en helarme hasta la médula, una vez más no iba equipado, simplemente "de calle" con el chaquetón del Decatlon, los guantes y el casco, ¡dichosa  improvisación!, pero me suele ocurrir, y nunca se me ocurre bajar hacia el mar, busco las montañas, esas torres naturales que saludan los primeros rayos de sol y despiden los últimos cuando cae el día; y la sierra Calderona no es un sitio caluroso en febrero; llegué a Monmayor, apenas a 20 Km de casa, es una excelente atalaya para perder la mirada en la lejanía, me senté bajo una carrasca y dirigí la vista hacia el llano, y allí, a lo lejos, por encima de la lejana sierra Espadán asomaba la roca de la cima del Penyagolosa, en su pared sur, tan familiar como siempre. Domina casi toda la provincia de Castellón y, debido a su altura (1.813 m) es visible prácticamente desde cualquier lugar de la provincia.

 Más allá de la atracción que siempre ha tenido la montaña para cualquier hombre, morada de los dioses, obstáculo difícil de franquear y culminar, símbolo de lo grandioso (el amor mueve montañas), cercanía al cielo ...; esta visión me llevó a mi niñez en Castellón, desde mi terraza la veía roja en los atardeceres mediterráneos o nevada anunciando la dureza del invierno; cuando llegaba navidad mi abuela aseguraba que si nos empeñábamos podíamos divisar la caravana de los magos de Oriente ... ¡y mis hermanos y yo la veíamos!, es increíble la imaginación de un niño, e incluso adivinábamos el lento movimiento de la caravana de un día para otro, el día cuatro de enero ya no se divisaba ... ¡ya estaban en la Plana!. ¿Y por qué esta regresión a la niñez?, quizá porque últimamente están apareciendo escenarios muy similares, la preocupación por llegar a fin de mes, la de tener provista la despensa, las urgencias cerradas, el preparar la cartera cuando alguna enfermedad mina tu salud, la tristeza de las escuelas públicas por su desmantelamiento frente a los niños bien peinados y con uniformes impecables de los colegios religiosos y privados, los vecinos saliendo por la mañana a buscar un jornal de supervivencia, el descrédito de la política, la picaresca de un país que parece que solo sepa vivir entrando por la puerta de atrás y votando una y otra vez a los mismos que lo saquean; y en fin, este panorama actual que nos roba la esperanza, el peor delito sin duda. Sí, quizá recuerdo mi niñez en los 50 y 60 con una frecuencia sospechosa y a veces descorazonadora, triste porque puedan mis hijos volver a una vida que creía olvidada e irrepetible por lo negativo que tuvo en determinadas vivencias.
 Muchos años después el Penyagolosa sigue ahí, igual que entonces, a caballo entre Castellón y Teruel,  inamovible e invariable, testigo de lo que permanece en contraste con la brevedad y variabilidad de la vida del hombre, igual que lo vieron hace miles de años y se puede ver ahora. Es una de mis motañas preferidas, la veo cuando viajo, siempre es el inicio de cualquier viaje, me despide al marchar y me recibe al regreso como lo hace con el sol, da igual ir hacia l norte, el sur o el oeste, y con su casi eterna presencia me desvela lo insignificante que ha sido y que será mi vida, por mucho que dure, ¡qué poca cosa somos ante una montaña!, quizá el tamaño sea lo de menos, su abrumadora sombra es su proyección en el tiempo, su eternidad capaz de convertir en piedra plantas y animales que fluyeron en mares prehistóricos y que ningún ojo humano vió pero que la montaña guardó en su seno para nosotros y recordarnos lo vieja que es nuestra Tierra cuando somos conscientes y admiramos las cicatrices de su piel ... las montañas.


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